Cuando las temperaturas sobrepasan los 30°C, la producción de huevos puede disminuir entre un 10% y un 25%, según estudios del sector avícola. Si gestionas un criadero de gallinas ponedoras, sabes que el control térmico del gallinero no es un lujo sino una necesidad para estabilizar el rendimiento y asegurar la rentabilidad.
El estrés por calor genera un ambiente hostil que reduce el apetito y la actividad de tus aves, afectando directamente la cantidad y calidad de huevos producidos. La clave para evitar estas pérdidas está en organizar correctamente el flujo de aire dentro del gallinero para mantener una temperatura y humedad constantes.
Este sistema funciona aprovechando la entrada de aire fresco a través de las paredes laterales del gallinero y la extracción del aire caliente desde la parte superior. Esta configuración mejora significativamente la renovación del aire y la eliminación del calor acumulado.
La circulación eficiente evita la formación de zonas cálidas o estancadas que exacerban el estrés térmico. Ello contribuye a mantener la temperatura del ambiente por debajo de umbrales críticos, favoreciendo el bienestar de las gallinas.
Incorporar sistemas hechos con aluminio-zinc y recubrimiento especial asegura resistencia ante la humedad y agentes corrosivos típicos del ambiente avícola. Esto prolonga la vida útil de las rejillas de ventilación y reduce las paradas por mantenimiento, lo que indirectamente protege tu inversión y la producción.
Usa un termómetro digital para monitorear la temperatura en varios puntos del gallinero: cerca del suelo, a media altura y en la proximidad del techo. Así puedes identificar zonas calientes y ajustar la ventilación para un flujo más homogéneo.
Para que el sistema de ventilación sea verdaderamente efectivo, revisa semanalmente las entradas y salidas de aire, limpia los filtros y verifica el correcto funcionamiento de los extractores. Implementar un plan de inspección periódica previene fallas inesperadas.
Además, ajustar la ventilación según las condiciones exteriores, como la humedad y viento, optimizará el confort térmico creando un microclima estable. La estabilidad ambiental se traduce en menos estrés térmico y mejores resultados productivos.
Adoptar esta metodología puede prevenir uno de cada cuatro huevos perdidos durante los meses más cálidos y disminuir el impacto negativo de las fluctuaciones térmicas en la calidad del huevo. Tu rentabilidad y reputación se ven fortalecidas al garantizar consistentemente un producto de alta calidad.