Según estudios de la Universidad de Arkansas (2022), una mala ventilación en granjas de gallinas ponedoras puede causar una disminución del 12% en la producción de huevos, especialmente cuando las temperaturas fluctúan más allá de los 24°C o caen por debajo de 18°C. Esta variabilidad térmica genera estrés termal que afecta directamente el ciclo reproductivo de las aves.
Un flujo de aire constante a 0.5–1.0 m/s no solo mejora la calidad del ambiente, sino que también reduce el riesgo de infecciones respiratorias como la bronquitis infecciosa. En comparación con sistemas de ventilación natural, los sistemas mecánicos bien diseñados pueden bajar la mortalidad diaria en hasta un 40% (Fuente: FAO, 2021).
Los nidos de gallos fabricados con acero Q235 tratado mediante galvanización en caliente mantienen su integridad durante más de 10 años sin corrosión. Esto previene la entrada de partículas metálicas en el ambiente, lo cual es crucial para evitar contaminación del huevo y mantener la sanidad del grupo.
La integración del sistema de recogida automática de huevos con el control climático permite optimizar el uso de energía eléctrica en hasta un 25%. Además, el sistema de limpieza automática del excremento evita acumulaciones que generan amoníaco —un factor conocido por disminuir la fertilidad y aumentar la mortalidad juvenil.
En resumen, la ventilación no es solo un componente técnico: es una inversión directa en productividad. Las granjas que adoptan soluciones basadas en datos —como el control preciso de temperatura, humedad y calidad del aire— reportan un aumento promedio del 8–15% en la producción anual.
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